- Que sí, no seas pesado. Está interesado en ti -decía Alberto mientras caminaba por el pasillo acompañado de su amigo Mario-. Te lo ha demostrado en la cena del jueves.
- Ya, claro -Mario, que a duras penas podía seguir el ritmo de Alberto, seguía escéptico ante la idea de que El Angel estuviese interesado en él-, se te declara a ti y le gusto yo, ¿no? Eso no hay quien lo entienda.
Alberto frenó en seco en mitad del camino. Mario se paró unos metros más adelante que él. Miró hacia atrás extrañado. Cuando vio a los ojos de su amigo supo que había algo que no le había contado.
- Cuando se me declaró y yo le dije que no, le hablé de ti.
- ¿Qué, cómo, por qué has hecho eso?
- ¡Pues porque tú sí estás interesado en él, coño! Confía en mí. Verás como el sentimiento es recíproco -Alberto reanudó la marcha cogiendo del brazo a su amigo.
Cuando llegaron a la puerta de El Angel, Alberto tocó con ímpetu. Diez segundos después El Ángel abría la puerta.
- ¡Alberto, hola! (...) Mario... -el rubor comenzó a aparecer en las mejillas de El Angel-. ¿Qué tal estás?
- B...Bien -respondió Mario timidamente.
- Venimos a hacerte compañía -dijo la voz cantarina de Alberto mientras se sentaba en la cama de El Angel.
- Si no te importa... -Mario seguía con la mirada clavada en el suelo.
- Claro que no. Sois siempre bienvenidos.
Cuando Mario se acercó a Alberto éste le susurró un "¿Lo ves? Cuando te ha visto plantado delante de la puerta se ha puesto rojo como un tomate. ¿Le gusto yo? No lo creo..."
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